La LGE tiene indignados a los profesores,
pues ven con malos ojos la entrada a las aulas de profesionales de
otras áreas en un terreno que históricamente les ha correspondido. Hoy
–incluso- se puede ser profesor sin haber rendido la PSU, por lo que el
nivel de los educadores entra en cuestionamiento.
Por Héctor Orellana Flores*
Mucho se habla de los problemas de los escolares en Matemáticas. Inmediatamente vienen a la mente de varios aquellas tardes interminables de estudio junto a un libro grueso, de varios tomos -que tenía un beduino en su portada- llamado Baldor (Aritmética, Álgebra y Geometría). Incluso, en las lluviosas vacaciones de invierno y de septiembre había tarea para la casa. De los ramos humanistas no se hablaba demasiado y no causaban –que recuerde- tantos damnificados a fin de cada año.
Los grandes dolores de cabeza, en pleno siglo XXI, se han trasladado también al otro subsector: Lenguaje y Comunicación o Castellano, para quienes somos de unas décadas atrás. Los niños de hoy no leen casi nada; hay que incentivarlos continuamente para que tomen un libro y ¡qué hablar de su ortografía! Uno podría creer que sólo en los colegios municipales tienen esta problemática, pero viendo cuadernos de niños provenientes de la educación particular subvencionada, la situación no es tanto mejor. ¡Y qué hablar del resto de las asignaturas!
Esta conducta está haciendo que, inevitablemente, los actuales estudiantes de carreras ligadas al humanismo (Periodismo, Pedagogía y Literatura) estén escribiendo cada vez peor. Encontrar plumas prodigiosas en las aulas de Redacción es una tarea más que difícil. Pero, ¿será exclusivamente responsabilidad de ellos?
Hoy, cuando está en boga la vocación versus el mercado, elegir una carrera como pedagogía parece ser una quijotada. Muchas horas de trabajo, aulas repletas de alumnos complicados y un salario poco atractivo han hecho migrar a los potenciales buenos maestros a profesiones más rentables. Es cosa de ver los puntajes de quienes se deciden por la labor docente y no son de lo mejor. Habrá quienes cuestionen la validez de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), pero eso es harina de otro costal. Además, en la actualidad, se puede ser profesor sin siquiera haber rendido la PSU, incluso estudiar en Institutos Profesionales (de dudosa reputación) e, incluso, asistiendo a clases sólo los sábados o vía electrónica.
Si nuestros profesores no son los mejores y su formación es deficiente, entonces: ¿Cómo queremos educación de calidad? Tarea bastante difícil.
La actual Ley General de Educación (LGE) abrió la posibilidad a profesionales de otras áreas para que ejerzan la pedagogía. Se les pide como mínimo haber estudiado una carrera de ocho semestres y, siempre que en su área no exista alguien más capacitado, las puertas de cualquier establecimiento se podrían abrir de par en par. De seguro quienes provienen del área de la educación querrán cambiarse de página web a estas alturas, pero permítame la siguiente reflexión:
Si una persona que no tiene vocación ni tampoco posee un nivel que le haya permitido superar –en algunos casos- los 450 puntos, ¿podrá entregarles mejores herramientas a sus alumnos? Puede que en su formación profesional se haya superado, pero pongámoslo en una balanza. Y he aquí el contrapeso: si otra persona, que tal vez jamás se imaginó estar frente a un curso, que superó con creces la PSU, fue un alumno destacado y ve que existe la opción de desempeñarse como profesor, ¿le negaremos la posibilidad de ejercer la pedagogía?
“Pastelero a tus pasteles”, ya estarán diciendo muchos, pero si perfeccionamos la LGE y todo aquel que empiece en la labor docente por ley toma cursos extra de pedagogía (ya existen programas en la Universidad de Chile, Universidad Católica, Usach, U. Alberto Hurtado y U. Andrés Bello) y se le entrega un doble título como pedagogo y queda habilitado para ejercer en los colegios. No parece mal. Veamos otros ejemplos: hoy existen programas para profesionales de otras áreas para obtener el cartón de ingeniero comercial, contador auditor, pedagogía en inglés, ingeniero civil e incluso periodismo. Como profesional de esta última disciplina, no rasgo vestiduras ni menos veo que el resto del gremio lo haga. Somos bastante autocríticos respecto a la labor de los profesionales de la comunicación, por lo que vemos con buenos ojos que gente de otras disciplinas se haga partícipe en la labor periodística, pues en esta carrera se necesita cada vez más especializarse y no terminar en el famoso “mar de conocimientos en un centímetro de profundidad”. Tal vez considera que soy un “pecho frío”.
Está claro que el ideal es que la profesión de pedagogo sea ejercida por los mejores, que se incentive su estudio con becas y que los sueldos de los profesores sean tan altos como los de un médico o un ingeniero civil. Ahora, tampoco se puede desmerecer la loable labor del profesorado actual, pues no sólo deben lidiar con el sistema educacional chileno, sino también con las grandes carencias a nivel familiar que poseen los alumnos de estos días. Los niños pasan a depender casi exclusivamente del colegio en su formación, pues los padres –en algunos casos- no están presentes por sus largas jornadas laborales o porque, simplemente, estamos hablando de una familia monoparental.
Parece que estamos en un problema sin salida, pero hay que solucionarlo pronto. No puede ser que un niño de 6º básico de la educación municipalizada esté leyendo al nivel de otro de 2º de la educación particular o subvencionada. Si hasta hace un tiempo el profesor Luis Riveros, ex rector de la U. de Chile, hablaba de que el 50% de la fuerza laboral chilena era analfabeta funcional, hoy las cifras deber ir en franco aumento, por lo que soluciones pragmáticas como las planteadas por la LGE debieran ser, al menos, probadas.
*Periodista y profesor universitario de la USACH.



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