
Para hablar de la Iglesia Evangélica hoy es necesario remontarse a la época de la Independencia de Chile y conocer el aspecto histórico y jurídico que la ha guiado a ser el segundo culto religioso de mayor importancia en el país. Su vinculación con la política ha sido un tópico poco trabajado, por lo que es vital hacer una mirada de cómo se ha desenvuelto y generar su propia identidad.
Introducción
Política y religión es una dicotomía que se encuentra totalmente ligada en nuestro país desde los tiempos del Descubrimiento de América. Sin duda que ha sido una de las “batallas” más interesantes en Chile desde 1810 hasta la fecha desde del punto de vista social, político, cultural y legal, pues la hegemonía de la Iglesia Católica fue constantemente combatida por los liberales, masones y una minoría religiosa conformada por extranjeros: los protestantes.
Justamente este ensayo pretende entregar una mirada sobre los primeros protestantes y la manera en que lucharon por la libertad religiosa y convertirse en ciudadanos como cualquier otro, a sabiendas de que se encontraban en una tierra extraña y en un clima religioso que no era nada de fácil producto de la herencia eclesial heredada por la corona española.
Las disputas para alcanzar logros mínimos como realizar reuniones sin inconvenientes tardaron en llegar, pero uno de los conflictos más grandes se dio al interior del propio protestantismo nacional, pues –a diferencia del catolicismo- su organización es totalmente atomizada y no existe un poder central, por lo mismo existieron inmensas diferencias religiosas y puntos de vista respecto a la intromisión de un cristiano en el mundo político. Si bien han existido organizaciones y líderes que han representado el pensamiento evangélico en nuestro país, nadie puede autodenominarse como la voz oficial y cien por ciento representativa pues la autoridad final se encuentra en la Biblia[1].
Hoy, los evangélicos [2] representan el 15,14 por ciento de los chilenos mayores de 15 años y participan activamente del debate político y social del Chile del Bicentenario de la Independencia. Para las elecciones presidenciales de 2010 estuvieron en el tapete al entregar el su apoyo al candidato presidencial de la Concertación, el democratacristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Esto habla de un sector que se manifiesta opinante y que poco a poco está tomando el peso a lo que significa entrar en las grandes lides de la política. Otro de sus hitos es haber alcanzado en 2008 el feriado legal que contempla el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes de Chile (31 de octubre) [3] y, en 1999, la Ley de Organizaciones Religiosas que desembocó en la posterior instauración de capellanías evangélicas en La Moneda, Gendarmería, Fuerzas Armadas y de orden, como también de la instauración de las clases de religión evangélica en los colegios municipales. Asimismo, desde 1974 cada año se celebra el tedéum evangélico, donde asisten a la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile las máximas autoridades del país. Ante este escenario, es urgente conocer las raíces de la Iglesia Evangélica y de los evangélicos chilenos como así conocer su línea de pensamiento político.
Del Descubrimiento a la Reforma Protestante
Desde la conquista por parte de los españoles, la gran misión de éstos era entregar dominios a la corona de España (y su consiguiente oro, plata y especies) y, además, alcanzar a nuevas naciones con el Evangelio.
En pro de la fe se rebautizaron cientos de ciudades y lugares de nuestro país –y toda América Latina- con nombres santos: Santiago del Nuevo Estero, en honor al santo patrono de la España Católica; el cerro Welén fue rebautizado como Santa Lucía. Pero no todo consistía en cambiar nombres, pues los reyes católicos impusieron la encomienda y los encomenderos, que convirtió al indígena en un generador de tributos para la corona. A modo de retribución recibían un techo, comida y además era evangelizado. Sin duda que esta situación hizo eco en algunos sectores, como en el caso de fray Bartolomé de Las Casas, quien acusaba una esclavitud encubierta. Otros defendían este sistema, pues se ponía en duda la existencia de un alma en los habitantes de los pueblos originarios. Un caso interesante fue el de evangelización en Paraguay por parte de los jesuitas. Allí los indígenas trabajaban entre cuatro a seis horas diarias, pero “nunca se les enseñó a ser más que hijos desamparados y dependientes” [4].
En Chile del siglo XVI al XIX sólo se conocía del catolicismo apostólico y romano, a pesar de que en Europa se había vivido todo un movimiento reformista que había revolucionado desde las bases a la iglesia oficial de Occidente. El 31 de octubre de 1517 el monje agustino Martín Lutero pegó en las puertas de la catedral de Wittenberg las 95 tesis que lo hicieron famoso y lo convirtieron en el enemigo número uno del papa León X y la Iglesia Católica. Ese día comenzó un verdadero cisma de nivel religioso y a la vez político, pues los gobernantes que adherían a la causa de Roma ya no estarían al servicio de aquellos ideales, ni menos a los cuantiosos gravámenes a los que estaban sometidos [5].
El movimiento reformista hizo eco no sólo en Alemania, Países Bajos, Inglaterra, Escocia, Suiza, Francia y el norte de Europa, sino también un pequeño grupo de sacerdotes españoles, quienes adhirieron a las ideas reformistas y comenzaron su propia traducción de la Biblia al lenguaje vernáculo: el castellano. Así nos encontramos con los monjes Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, quienes pertenecían al monasterio de San Isidro del Campo de Sevilla. La Inquisición no se hizo esperar y ambos huyeron a Suiza e Inglaterra respectivamente, aprovechando la libertad religiosa y recursos que existían para desarrollar las ideas reformadas. Justamente en Basilea fue donde Reina publicó en 1569 la primera versión completa de la Biblia al castellano, conocida como la Biblia del Oso. Posteriormente, Valera revisó esta traducción para en 1602 dar vida a la Biblia del Cántaro, conocida hasta hoy como Reina-Valera y siendo la Biblia protestante por excelencia de los hispanohablantes [6]. Ambos realizaron su vida fuera de España, donde establecieron congregaciones alejadas de su patria de origen hasta su muerte. Punto aparte es el movimiento anabautista, que corrió al alero de la reforma y no se identificó con la política, pero del cual no hay antecedentes que nos permitan identificar cultores de éste entre los conquistadores españoles que llegaron a América del Sur, sino sólo hasta fines de 1890.
Establecimiento del protestantismo en Chile
Con estos antecedentes, era prácticamente imposible que en Chile hubiesen llegado las ideas reformistas. Esto no ocurrió hasta 1812 cuando el gobierno de Estados Unidos nombró como cónsul a Joel Robert Poinsset, quien no sólo era un reconocido diplomático, sino presbítero de la Iglesia Presbiteriana de Charleston, Estados Unidos. Poinsset asesoró al gobierno del general José Miguel Carrera en la confección del primer escudo nacional, colocando las mismas palabras que están en el escudo calvinista en la ciudad de Ginebra: “Post Tenebras Lux” (Después de las tinieblas, la luz). Pero su contribución más importante fue en el Reglamento Constitucional de 1812 donde en su Artículo I quedó establecido: “La religión Católica Apostólica es y será siempre la de Chile” y el V: “Ningún decreto, providencia u orden, que emane de cualquiera autoridad o tribunales de fuera del territorio de Chile, tendrá efecto alguno; y los que intentaren darles valor, serán castigados como reos de estado”. [7] A simple vista no había nada especial, pero entre los constitucionalistas sí. El hecho de que en el Artículo I se haya omitido la palabra “Romana” abría la posibilidad de que los cultos no romanos (independientes del Papa) pudieran establecerse en el país, lo que se unía al Artículo V, donde no se reconocían autoridades extranjeras, ni menos sentencias que emanaran fuera de los márgenes nacionales, en abierta alusión al Papa y la Iglesia Católica, Apostólica y Romana [8]. Las posteriores Constituciones de la República de 1814, 1818, 1822, 1823, 1826 y 1833 consagraron como religión oficial la Católica, Apostólica y Romana, con exclusión del ejercicio público de cualquier otra.
Con el “desastre de Rancagua”, muchos de los extranjeros residentes en Chile debieron abandonar el país, entre ellos los tipógrafos estadounidenses que manejaban la imprenta del gobierno de Carrera donde emanaban gran cantidad de edictos, manifiestos y proclamas con ideas independentistas y, por consiguiente, sus ideas protestantes. Empero, en la Patria Nueva, durante el gobierno de Bernardo O´Higgins aumentó el número de residentes británicos en el puerto de Valparaíso, quienes eran fuente de comercio y crédito a la naciente nación, por lo que se les dio trato preferente e incluso se dictó un decreto que autorizaba la creación de un cementerio para protestantes, en 1819. Además, en materia educacional, en 1821 O`Higgins invitó al bautista escocés James Thompson (conocido como Diego Thompson) a promover el sistema Lancasteriano de enseñanza, pero su otra misión –y que mantuvo oculta- era promover la Biblia, pues era miembro de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Un año más tarde le fue otorgada la ciudadanía chilena por gracia y prosiguió su labor en el Perú. Otros colportores de la Sociedad Bíblica fueron Mr. Benard, Lucas Mattheus en 1826, Isaac Wheelraight en 1834 y en 1861 Ricardo Gasfield junto a David Trumbull. Hasta antes de Trumbull, la actividad de los protestantes era denominada de “trasplante”[9], pues sólo consistía en agrupar a los extranjeros anglicanos, luteranos o presbiterianos en cultos en idioma nativo o repartir Biblias en español, trabajo que no era del todo combatido por el catolicismo, pues no había una crítica abierta a la labor de Roma. Al poco tiempo, comenzó a circular el rumor de que las Biblias protestantes eran adulteradas y hacer que sus feligreses no aceptaran los regalos de este sector religioso. No obstante, Trumbull -quien era un misionero de origen estadounidense- no se conformó con la exclusiva predicación a sus pares, sino que de inmediato buscó evangelizar a los chilenos. Llegó al país el 4 de enero de 1846 al puerto de Valparaíso enviado por la Sociedad Evangélica de Nueva York y la Sociedad de Amigos de los Marineros y como respuesta a la solicitud de anglosajones residentes en Chile. A bordo del Mississipi, realizó el primer sermón en el país y la semana siguiente celebró el primer servicio evangélico en las bodegas del diario El Mercurio de Valparaíso, reuniones que dieron origen en 1847 a la Iglesia Unida y luego en abril de 1856 se construyó el templo de la finalmente denominado Union Church, considerado el primer templo protestante de la costa del Pacífico Sur[10]. Su empuje estaba a la par con su currículum: era graduado en la Universidad de Yale y del Seminario Teológico de Princeton, por lo que comenzó a ser toda una personalidad y fiel columnista en el periódico La Voz de Chile, afín al Partido Radical. Prosiguió su labor misionera en Santiago y Coquimbo.
Paralelo al movimiento de Trumbull en la zona centro-norte del país conjugó la promulgación de la denominada “Ley de Terrenos Baldíos” en noviembre de 1845. Es así como se inició un proceso de inmigración de colonos alemanes en el sur de Chile. Ante el fracaso por parte de Bernardo Philippi de traer campesinos católicos, negoció con protestantes, quienes le exigieron a cambio que les fuera respetada su fe, lo que fue aceptado. La única traba que puso el gobierno fue que realizaran sus prácticas religiosas en su idioma nativo, no predicaran y no difundieran su literatura. Y la aceptaron. Los germanos llegaron al puerto de Corral en 1846 y, una segunda delegación, al golfo de Reloncaví en 1852. Justamente en esta comitiva venían dos pastores, aunque inactivos en cargos eclesiásticos: se trataba de Friedrich Geisse y Carl Manss, quienes en un principio estuvieron dedicados a otras actividades, pero que cuando lograron adaptarse a las complicadas situaciones que les ofrecía la geografía nacional retomaron su labor pastoral.
El marco legal condicionante
Ante la llegada de los extranjeros, Chile se vio obligado a mejorar las condiciones legales a los protestantes, por lo que en julio de 1865 se aprobó una ley interpretativa del Artículo 5º de la Constitución de 1833, denominada Ley de Cultos, que permitió el culto privado de otros credos y marcó una pugna de dos corrientes ideológicas en la política chilena: el clericalismo, defendido por el Partido Conservador, y el laicismo, propiciado por los liberales y el Partido Radical. También surgieron herramientas de respuesta por parte de los evangélicos: los periódicos La Alianza Evangélica, El Heraldo y La Piedra. A esto se debe sumar que durante el gobierno de Domingo Santa María (1881-1886) se rompieron relaciones diplomáticas con El Vaticano, dejando un escenario propicio para la laicización de la sociedad chilena, lo que se ratificó con la aprobación de las Leyes Laicas, donde se le quitó poder a la Iglesia Católica y reforzó el rol del Estado mediante la creación del Registro Civil, el matrimonio civil y los cementerios laicos.
También fue relevante la labor de la Iglesia Metodista Episcopal, de origen estadounidense, la que llegó a Chile en 1878. Utilizaron un método peculiar para establecerse, pues la manera de financiarse era a través de la educación. Instalaron colegios como el Iquique English College y el Santiago College y su forma de culto tuvo mayor cabida entre los chilenos, pues sus pastores pertenecían a una clase media y su predicación era más sentimental que racional. De esta denominación surgió justamente Juan Bautista Canut de Bon, un español, ex hermano jesuita y ex presbiteriano, quien llegó a La Serena y Coquimbo e impactó a la sociedad nortina con su efusiva manera de predicar el evangelio. Fue así como el 27 de marzo de 1890 el diario El Progreso lo bautizó como “Canuto”, dando origen al despectivo apodo que reciben hasta hoy los evangélicos chilenos[11].
En esta época, el pensamiento evangélico referente a los gobiernos ya era el siguiente: “El gobierno más fuerte será aquel bajo el cual cada ciudadano pueda sentir que tiene en él, no su enemigo, ni su adversario, ni su opresor, sino su escudo y guardián. Y tal es el beau ideal moderno de un gobierno protestante, en el cual se admite práctica y teóricamente, que las cuestiones de conciencia y culto no podrán ser decididas nunca jamás por mayorías y minorías; sino que cada hombre teniendo que dar a Dios cuenta por sí mismo, ha de ser dejado en libertad para adorarle en su propio corazón y conciencia”. [12] Sin duda que estas ideas están plenamente inspiradas con las máximas de Martín Lutero referentes a la libertad de conciencia, pero siempre enfocada en la Biblia, eje supremo del protestantismo.
El pensamiento político evangélico
En general, los evangélicos del siglo XIX tenían una valoración positiva de la política, pues la consideraban parte integral de cada ser humano, como así también la dimensión religiosa de éste. El cristiano no sólo formaba parte de la comunidad de creyentes, sino también era un integrante de la sociedad civil y en ambas debía participar en forma consciente, por lo que hablar de un apoliticismo sería un gran error a la concepción protestante de la vida. Sin duda que los evangélicos se identificaron mayormente con el discurso liberal de la época, pues pensaban que la religión del libre examen permite una sociedad libre. La libertad es la primera ley de la vida humana, sin libertad el hombre se reduce a una máquina incluso Dios mismo en el huerto de Edén le dio libre albedrío a la raza humana. Pero esta libertad se ve sometida al arbitrio de la Biblia, por lo que temas de carácter moral generalmente no tendrían la misma mirada entre protestantes y liberales.
Hay que considerar que uno de los hitos más importantes de la Iglesia Evangélica chilena se concentra específicamente el 12 de septiembre de 1909, pero no tiene que ver con la promulgación de una ley específica, sino que se produce el denominado “Avivamiento Espiritual” en la Iglesia Metodista del misionero Willis Hoover, quien dio origen al pentecostalismo chileno, la corriente evangélica que congrega mayor número de fieles hasta nuestros días. Es así como en 1920 la religión evangélica alcanzó al 1,44 por ciento de la población del país.
Todos estos antecedentes favorecieron para que la Constitución de 1925 fuera la consagración del Estado de Chile en materia de secularización, pues se estableció la separación oficial de la Iglesia y el Estado [13], pero en los hechos la Iglesia Católica no perdió su lugar de privilegio, pues las iglesias evangélicas pasaron a ser corporaciones de derecho privado sin fines de lucro (al igual como se podía constituir un club de rayuela), previa anuencia de la autoridad gobernante en desmedro de la situación jurídica del catolicismo que era una persona de derecho público y de derecho internacional. Además, el Estado se comprometió a entregar dinero al Arzobispado de Santiago para las necesidades del culto católico[14].
Conclusiones
Considerar como menor el movimiento evangélico en Chile, sin historia y apolítico es un error en todas sus letras. Si bien su lucha legal ganó fuerza gracias al liberalismo imperante en la época y a la masonería, no se puede discutir que la esencia del hombre reformado es la de un ser integral que no separa el ámbito religioso del político y lo ve y vive como un todo.
Además, los cultores de las ideas protestantes en Chile, en especial Joel Poinsset y David Trumbull, eran personas con un alto nivel de preparación académica, por lo que encajar al mundo evangélico con los sectores más bajos de la sociedad del Siglo XIX no es correcto, pues influenciaron profundamente a la sociedad mediante la colaboración en la redacción del proyecto constitucional de 1812 y en la discusión religiosa, respectivamente, por lo que se les puede ligar con los intelectuales de la época. Justamente por estos motivos es que no tuvieron gran aceptación dentro de la clase baja chilena, sino dentro de los sectores medios y acomodados. Con la llegada del metodismo y luego de las iglesias de corte anabautista (de una línea pietista[15]) se pudo ingresar a las clases más modesta producto de su estilo menos teológico-academicista. En tanto, a comienzos del siglo XX, el pentecostalismo fue el puente más expedito entre las ideas evangélicas y la sociedad chilena gracias a su doctrina poco ortodoxa y al rito que exaltaba las emociones.
En el plano legal, los protestantes vivieron en un escenario bastante adverso, pues se consideraba exclusivamente a la religión católica como la oficial, pero supieron hacer valer sus derechos en una sociedad que lentamente se iba secularizando. La llegada de extranjeros al sur de Chile fue un aporte no sólo al desarrollo del país, sino en materia de libertad religiosa, pues obligó al Estado a reinterpretar la Constitución de 1833 y dio pie para que el Estado fortaleciera su rol con las leyes laicas de 1883 y 1884. La Constitución de 1925 fue un logro para el laicismo, pero tampoco terminó con la hegemonía católica dentro de la sociedad chilena, pues la iglesia oficial siempre contó con adeptos de gran peso político y apoyo financiero por parte del Estado.
[1] En este punto existe controversia entre los teólogos conservadores y liberales. Los primeros señalan que la Biblia se interpreta por sí misma, por lo que no caben interpretaciones personales; los segundos esgrimen que cada individuo tiene la libertad de interpretarla, por lo que el examen ante las escrituras es absolutamente libre y por tanto existen múltiples interpretaciones.
[2] Me refiero a “evangélicos” cuando hablo de los herederos del protestantismo que llegó a Chile proveniente de Europa y de Estados Unidos; y “protestantes” cuando señalo a los pastores o misioneros que trajeron las ideas reformadas desde el extranjero.
[3] Ley Nº 20.299, promulgada el 10 de octubre de 2008 por la Presidenta Michelle Bachelet Jeria. Historia de la ley en http://www.bcn.cl/histley/lfs/hdl-20299/HL20299.pdf
[4] Haring, C. H. (1947). The Spanish Empire in America. Nueva York, Oxford University Press.
[5] Roberts, Frank C. (2005). A todas las generaciones. Libros Desafío. Gran Rapids, Michigan. Estads Unidos.
[6] George, Calvin (2005). La Historia de la Biblia Reina-Valera 1960. Morris Publishing, Estados Unidos
[7] Ver http://www.bcn.cl/ecivica/docs/ReglConst1812.pdf/download
[8] Ortiz Retamal, Juan Rodrigo (2009). Historia de los evangélicos en Chile 1810-1891. Ceep Ediciones, Concepción, Chile.
[9] Término acuñado por la mayoría de los teólogos evangélicos para denominar las misiones que tenían como objetivo trasladar de un país a otro sus propias formas de rito y doctrina.
[10] Sepúlveda G., Juan (1999). De peregrinos a ciudadanos. Facultad Evangélica de Teología. Ed. Fundación Konrad Adenauer. Santiago, Chile.
[11] Ortiz Retamal, Juan Rodrigo, op. cit.
[12] La Alianza Evangélica, 1º de marzo de 1884.
[13] Ver http://www.leychile.cl/Navegar?idNorma=131386
[14] Lagos S., Humberto (2005). Chile y el mito de Estado Laico. Ed. Icthus, Santiago, Chile.
[15] Movimiento luterano fundado por Philipp Jakob Spener durante el siglo XVII que daba más importancia a la experiencia religiosa personal que al formalismo y enfatizaba la lectura y estudio de la Biblia.
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